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Riesgo Cardiometabólico

Grasa visceral: la que no se ve y sí te enferma

Dos personas pueden pesar lo mismo, medir lo mismo y tener el mismo IMC. Y tener riesgos cardiovasculares completamente distintos. La diferencia, casi siempre, está en un tipo de grasa que la balanza no detecta.

Dr. Gustavo Fernández · Lectura: 9 minutos · Artículo basado en evidencia científica

Recibo en consulta a un hombre de 48 años. Camisa metida en el pantalón, contextura aparentemente normal, IMC de 24,8. "Doctor, vengo porque mi mujer me obligó. Yo me siento bien." Le pido un perfil completo: glucosa en ayunas alterada, triglicéridos altos, HDL bajo, hígado graso en la ecografía, presión arterial en el límite. Le mido la cintura: 102 cm. El paciente "delgado" tiene síndrome metabólico en pleno desarrollo. Y su balanza, durante años, le mintió descaradamente.

No toda la grasa es igual

Durante décadas se trató a la grasa corporal como una sola cosa: un depósito energético pasivo, más o menos repartido por el cuerpo. La investigación de los últimos veinte años derribó por completo esa idea. Hoy sabemos que el tejido adiposo es un órgano endocrino activo, que produce hormonas, citoquinas inflamatorias y factores que dialogan con el hígado, los vasos sanguíneos y el cerebro.1

Y, sobre todo, sabemos que existen distintos tipos de grasa con comportamientos completamente distintos. Las dos categorías principales son la grasa subcutánea (debajo de la piel, la que se pellizca) y la grasa visceral (rodeando los órganos abdominales: hígado, intestinos, páncreas, riñones). Esta última es la que se asocia con la mayor parte del riesgo cardiometabólico.

Grasa subcutánea
Relativamente "tranquila"
  • Está debajo de la piel
  • Función principal: reserva energética
  • Baja actividad inflamatoria
  • Distribuida sobre todo en caderas, muslos y glúteos
  • Riesgo cardiometabólico bajo o neutro
Grasa visceral
Metabólicamente peligrosa
  • Rodea los órganos abdominales
  • Alta actividad endocrina e inflamatoria
  • Libera ácidos grasos directo al hígado
  • Promueve resistencia a la insulina
  • Asociada a infartos, ACV, diabetes y cáncer

Por qué la grasa visceral te enferma

La grasa visceral no se queda quieta. Funciona como una fábrica activa que libera, entre otras cosas, ácidos grasos libres directamente al hígado a través del sistema portal, citoquinas pro-inflamatorias (TNF-alfa, IL-6) y adipoquinas alteradas. El resultado es un cuadro que los cardiólogos y endocrinólogos describen con un nombre claro: inflamación sistémica de bajo grado.2

Esa inflamación silenciosa, sostenida en el tiempo, es uno de los motores principales de:

Por eso, en la literatura cardiometabólica actual, la grasa visceral se considera un factor de riesgo independiente de mortalidad, sobre todo en hombres y en mujeres después de la menopausia.3

El IMC normal no es un certificado de salud. Hay personas "delgadas" con un perfil de riesgo cardiovascular peor que el de personas con sobrepeso aparente.

El fenómeno "skinny fat": delgado por fuera, enfermo por dentro

En la medicina anglosajona se acuñó el término TOFI: Thin Outside, Fat Inside (delgado por fuera, gordo por dentro). Describe a personas con peso e IMC normales, pero con acumulación de grasa visceral, hígado graso y todos los marcadores metabólicos alterados. Es el caso de mi paciente del comienzo. Y es mucho más frecuente de lo que se cree, especialmente en personas con vida sedentaria, dietas pobres y poca masa muscular.

El otro grupo donde esto explota es el de las mujeres en perimenopausia y posmenopausia. La caída de los estrógenos cambia la distribución de la grasa: el cuerpo deja de acumularla preferentemente en caderas y muslos (patrón "ginecoide", relativamente protector) y empieza a depositarla en el abdomen (patrón "androide", de alto riesgo). Es un cambio que muchas mujeres notan en el espejo y que casi siempre llega acompañado de empeoramiento del perfil lipídico, sensibilidad a la insulina y presión arterial.

Cómo se mide (sin necesidad de una resonancia)

El estándar de oro para cuantificar grasa visceral es la tomografía o la resonancia magnética. Pero en la práctica clínica diaria, hay herramientas mucho más accesibles que dan información valiosa. La más útil, simple y mejor validada es algo que cualquiera puede hacerse en casa: medir la circunferencia de cintura.

Se mide a la altura del ombligo, con el abdomen relajado, al final de una espiración normal. Los puntos de corte propuestos por la International Atherosclerosis Society y la International Chair on Cardiometabolic Risk son una guía práctica4:

Indicador
Hombres
Mujeres
Riesgo aumentado
≥ 94 cm
≥ 80 cm
Riesgo muy alto
≥ 102 cm
≥ 88 cm
Índice cintura/altura
> 0,5
> 0,5

El índice cintura/altura (cintura en cm dividido por altura en cm) es probablemente el predictor más simple y más sensible que existe. La regla práctica es que tu cintura no debería superar la mitad de tu altura, independientemente de tu sexo, edad o etnia. Para una persona que mide 1,70 m, la cintura debería estar por debajo de 85 cm.

Más allá de la cinta métrica

En la consulta, complemento la circunferencia de cintura con análisis de sangre que dibujan el cuadro completo: glucosa e insulina en ayunas (HOMA), perfil lipídico con triglicéridos y HDL, hepatograma, ácido úrico y proteína C reactiva ultrasensible. Estos marcadores, juntos, permiten estimar el grado de "disfunción" del tejido adiposo mucho mejor que cualquier balanza. El llamado Índice de Adiposidad Visceral (VAI) es una herramienta validada que combina varios de estos parámetros.5

Lo que sí funciona para reducirla

La buena noticia: la grasa visceral, comparada con la subcutánea, es más sensible al cambio. Se acumula rápido cuando hay malos hábitos, pero también se moviliza relativamente rápido cuando se interviene bien. La mala noticia: las medidas que más se publicitan (cardio en ayunas, "abdominales para el abdomen", suplementos quemadores) no son las más eficaces.

La evidencia actual, basada en metaanálisis de redes con miles de pacientes, prioriza estas intervenciones6:

1. Ejercicio aeróbico de intensidad moderada a alta

Es la intervención que más consistentemente reduce grasa visceral, incluso sin pérdida de peso visible en la balanza. Caminar a paso rápido, trotar, andar en bici a buen ritmo, nadar: 150 a 300 minutos semanales son el rango efectivo. La intensidad importa: el cardio muy suave reduce sobre todo grasa subcutánea, pero la profunda necesita un estímulo mayor.

2. Entrenamiento de alta intensidad por intervalos (HIIT)

Una de las modalidades con mejor relación tiempo-efecto sobre la grasa visceral. Sesiones de 20 a 30 minutos, dos o tres veces por semana, con períodos cortos de esfuerzo intenso alternados con recuperación. Especialmente útil para gente con poco tiempo disponible.

3. Entrenamiento de fuerza

Construir y preservar masa muscular mejora la sensibilidad a la insulina y eleva el gasto energético basal. Combinar fuerza con aeróbico produce los mejores resultados sobre grasa visceral en la mayoría de los perfiles, según los metaanálisis más recientes.

4. Reducción de azúcares simples y ultraprocesados

El azúcar líquido (gaseosas, jugos, alcohol) y los ultraprocesados ricos en grasas trans y carbohidratos refinados son particularmente eficientes en depositar grasa en el hígado y el abdomen. Reducirlos drásticamente es uno de los cambios más rentables que existen.

5. Sueño y manejo del estrés

Dormir menos de seis horas y vivir con cortisol crónicamente elevado favorece la acumulación de grasa visceral. Es un factor que muchos planes ignoran, y que en mi práctica encuentro determinante en pacientes que "hacen todo bien" pero no avanzan.

El punto clave

La balanza es un instrumento limitado. Un kilo de grasa visceral perdida no necesariamente se refleja en grandes cambios de peso, pero puede significar la diferencia entre tener síndrome metabólico o no tenerlo, entre desarrollar diabetes o no, entre un perfil cardiovascular sano y uno de alto riesgo. Por eso en mi consulta, con cada paciente, no miro un solo número: miro circunferencia de cintura, índice cintura/altura, composición corporal, marcadores metabólicos en sangre y evolución a lo largo del tiempo.

Eso es lo que permite saber si una persona realmente está mejor, más allá de lo que diga la balanza un martes a la mañana.

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Referencias

  1. Cesaro A, De Michele G, Fimiani F, et al. Visceral adipose tissue and residual cardiovascular risk: a pathological link and new therapeutic options. Frontiers in Cardiovascular Medicine. 2023;10:1187735. Disponible en: PubMed Central — texto completo
  2. Neeland IJ, Ross R, Després JP, et al. Visceral and ectopic fat, atherosclerosis, and cardiometabolic disease: a position statement. The Lancet Diabetes & Endocrinology. 2019;7(9):715–725. Disponible en: PubMed — referencia oficial
  3. Moreira VC, Silva CMS, Welker AF, da Silva ICR. Visceral Adipose Tissue Influence on Health Problem Development and Its Relationship with Serum Biochemical Parameters in Middle-Aged and Older Adults. Journal of Obesity. 2022;2022:8350527. Disponible en: PubMed Central — texto completo
  4. Ross R, Neeland IJ, Yamashita S, et al. Waist circumference as a vital sign in clinical practice: a Consensus Statement from the IAS and ICCR Working Group on Visceral Obesity. Nature Reviews Endocrinology. 2020;16(3):177–189. Disponible en: PubMed — referencia oficial
  5. Amato MC, Giordano C. Visceral Adiposity Index: An Indicator of Adipose Tissue Dysfunction. International Journal of Endocrinology. 2014;2014:730827. Disponible en: PubMed Central — texto completo
  6. Chen X, He H, Xie K, Zhang L, Cao C. Effects of various exercise types on visceral adipose tissue in individuals with overweight and obesity: A systematic review and network meta-analysis of 84 randomized controlled trials. Obesity Reviews. 2024;25(3):e13666. Disponible en: Wiley Online Library

Dr. Gustavo Fernández — Maestría en nutrición y medicina del deporte. Trabaja con pacientes con obesidad, resistencia a la insulina, patologías digestivas crónicas (incluyendo SIBO y síndromes de malabsorción), deportistas de distintos niveles, y abordaje integral en perimenopausia y andropausia.

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